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En
la vida,
existen
cosas
que
no se
pueden
recuperar
y que
una
vez
que
suceden
no re-gresan
jamás;
son
esa
clase
de oportunidades
que
sólo
se te
presentan
una
vez
en tu
existencia
y que
recordarás
por
siempre:
con
detalles,
con
lágrimas
y sobre
todo
con
risas.
Y lo
más
curioso
de estas
experiencias,
es que
no sueles
ser
consciente
de lo
únicas
e invaluables
que
son
sino
hasta
el momento
en que
llegan
a su
final
y te
das
cuenta
que
las
cosas
van
cambiar.
Es por
eso,
que
en este
momento,
he empezado
a ver
en realidad
lo que
soy,
lo que
fui
y más
aún,
lo que
seré
dentro
de poco.
Me doy
cuenta
que
ya puedo
mirar
hacia
atrás
y ver
que
recorrí
la mayor
parte
de este
camino:
el del
“colegio”;
el que
me ha
llevado
a través
de risas,
juegos,
nuevas
lecciones,
tristezas
y un
sin
fin
de emociones
y sentimientos
que
no podrán
quedar
escritos
en un
papel
sino
grabados
en el
corazón
para
el resto
de la
eternidad.
Creo
que
en el
fondo,
siempre
supe
que
este
momento
lle-garía
y me
imaginaba
como
sería
nuestra
tan
anhelada
“promoción”….
Cuyo
número:
2009,
ya había
calculado
desde
que
aprendí
a sumar,
y emo-cionada
decía:
“en
8 años
estaré
en 11º”
sin
saber
que
pasarían
tan
rápido
y sin
darme
cuenta,
lo suficientemente
veloz,
como
para
decir
ya:
“en
4 meses
termino
11º”,
“Dentro
de un
par
de meses
inicio
la universidad”….
Y que
en realidad,
lo más
importante
no son
esas
frases
sino
los
sentimientos
que
inconsciente-mente
vienen
con
ellas;
los
recuerdos
y la
nostalgia,
porque
aunque
hubiese
prome-tido
alegrarme
y no
estar
triste,
es difícil
controlar
lo que
pasa
por
tu corazón
al darte
cuenta
que
dejarás
atrás
el lugar
donde
estuviste
muchos
años
y al
que
aprendiste
a querer
como
tu segundo
hogar.
Y entre
lágrimas
de emoción,
alegría,
nostalgia
y un
poco
de miedo
por
los
próximos
cam-bios,
es el
mejor
momento
para
decir:
¡Gracias!
A todos
los
que
hicieron
de estos
años,
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algo
lo suficientemente
especial
como
para
llevarlo
por
siempre
y para
siempre
conmigo:
a Dios,
al que
le debo
todo
lo que
he logra-do
y todas
las
oportunidades
que
me ha
dado.
A mi
familia,
que
siempre
estuvo
allí
para
lo que
fuera
que
nece-sitase
porque
aunque
todo
el mundo
pudiera
derrumbarse,
ellos
jamás
me dieron
la espalda
y en
cada
momento
estuvieron
junto
a mí
para
sacarme,
de entre
las
lágrimas,
una
sonrisa…
y es
que
me dieron
una
de las
lecciones
de vida
que
más
agradezco:
“lo
único
que
TIENES
que
hacer
en esta
vida,
es ser
feliz…
nada
más”
A
mis
profesores
porque
cada
uno
de ellos
dejó
su huella
en mi
camino
con
sus
lecciones
académicas,
pero
especialmente
con
las
de la
vida
pues
muchos
te pueden
explicar
un tema
pero
pocos
te pueden
demostrar
que
a pesar
de los
obstáculos
que
se te
presenten,
la vida
está
allí
para
equivocarnos,
caer
y aprender
y sobre
todo
para
aprovecharla.
Y por
último,
pero
no menos
importante,
a mis
compañeras
de “Avenida
Endless”
porque
juntas
pudimos
superar
todos
los
problemas
que
hemos
tenido
y de
ellos
hemos
aprendido
y por
ellos
maduramos,
porque
de cada
una
algo
me llevo:
de unas
algo
más
que
de otras;
pero
con
todas
algo
compartí.
Gracias
a mis
amigas,
a las
que
conmigo
estuvieron
para
disfrutar
desde
una
risa
sin
sentido
pero
prolongada,
hasta
mis
lágrimas
de desesperación,
esas
amigas
con
las
que
no necesitas
tarjeta
de presentación
ni traje
formal
porque
te aceptan
y te
quieren
tal
y como
estés.
Miles
de detalles
que
llevaré
en el
corazón,
que
recordaré
por
siempre
con
la satisfacción
de que
disfruté
hasta
el máximo
cada
momento
de este
camino,
cada
señal
de esta
avenida,
que
dentro
de pocos
meses
tomará
un rumbo
completamente
distinto…
uno
que
nadie
tiene
claro
y que
viviré
con
igual
intensidad
con
que
viví
este,
porque
también
será
otra
de esas
experiencias
únicas
e irrepetibles
que
sólo
ocurren
una
vez
en la
vida.

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